Armado

A veces despierto y aún me tiemblan las manos. Me estiro y crujen los huesos de mis días de silencio. Abrazo el olor de una ausencia y escondo todas las piedras con las que tropecé, confiando en sacarlas cuando el valor se vista de gala.

Cada paso es un acorde menor con aspiración de crecer, de alcanzar los estantes altos del pentagrama, donde se sientan los poderosos.

La sonrisa del Sino se oculta tras el abanico del pesar, de la tenue luz del futuro. Sonrisa bordada con hilo de oro sobre la ajada piel del tiempo, nuevas heridas que lamer. Cicatrices que son armas contra amargas realidades, que marcan la cuenta atrás de los días con cada disparo de hastío.

Huellas de plomizos pies, medida expectativa de cuántos serán los cadáveres.

Amaneceres

El amanecer de aquel día fue más rosado que de costumbre, y cuando el día llama a la sangre, es porque ésta ha de serle ofrecida.

Mi aldea no conoce la paz desde hace siglos; antes de que la palabra ‘siglo’ se inventara y extendiera, las disputas ya habían asolado la confianza de mis vecinos. No sólo hallábamos dificultades en la supervivencia con otras aldeas de la región, sino que dentro mismo de la población, la sangre era derramada con mayor frecuencia de la que podía explicar la razón.

Hoy sabía qué deparaba el día; hoy me acompañaría la Muerte.

[…]

“El cuento”

A media tarde el hombre se  sienta ante su escritorio, coge una hoja de papel en blanco, la pone en la máquina y empieza a escribir. La frase inicial le sale enseguida. La segunda también. Entre la segunda y la tercera hay unos segundos de duda.

Llena una página, saca la hoja del carro de la máquina y la deja a un lado, con la cara en blanco hacia arriba. A esta primera hoja agrega otra, y luego otra. De vez en cuando relee lo que ha escrito, tacha palabras, cambia el orden de otras dentro de las frases, elimina párrafos, tira hojas enteras a la papelera. De golpe retira la máquina, coge la pila de hojas escritas, la vuelve del derecho y con un bolígrafo tacha, cambia, añade, suprime. Coloca la pila de hojas corregidas a la derecha, vuelve a acercarse la máquina y reescribe la historia de principio a fin. Una vez ha acabado, vuelve a corregirla a mano y a reescribirla a máquina.

Ya entrada la noche la relee por enésima vez. Es un cuento. Le gusta mucho. Tanto, que llora de alegría. Es feliz. Tal vez sea el mejor cuento que ha escrito nunca. Le parece casi perfecto. Casi, porque le falta el título. Cuando encuentre el título adecuado será un cuento inmejorable. Medita qué título ponerle. Se le ocurre uno. Lo escribe en una hoja, a ver qué le parece. No acaba de funcionar. Bien mirado, no funciona en absoluto. Lo tacha. Piensa otro. Cuando lo relee también lo tacha.

Todos los títulos que se le  ocurren le destrozan el cuento: o son obvios o hacen caer la historia en un surrealismo que rompe la sencillez. O bien son insensateces que lo echan a perder. Por un momento piensa en ponerle Sin título, pero eso lo estropea todavía más. Piensa también en la posibilidad de realmente no ponerle título, y dejar en blanco el espacio que se le reserva. Pero esta solución es la peor de todas: tal vez haya algún cuento que no necesite título, pero no es éste; éste necesita uno muy preciso: el título que, de cuento casi perfecto, lo convertiría en un cuento perfecto por completo: el mejor que haya escrito nunca.

Al amanecer se da por vencido: no hay ningún título suficientemente perfecto para ese cuento tan perfecto que ningún título es bastante bueno para él, lo cual impide que sea perfecto del todo. Resignado (y sabiendo que no puede hacer otra cosa), coge las  hojas donde ha escrito el cuento, las rompe por la mitad y rompe cada una de esas mitades por la mitad; y así sucesivamente hasta hacerlo pedazos.

Quim Monzó

“El amor”

La archivera es una mujer alta, guapa, con rasgos faciales grandes y vivos. Es inteligente, divertida y tiene lo que la gente llama carácter. El futbolista es un hombre alto, guapo, con rasgos faciales grandes y vivos. Es inteligente, divertido y tiene lo que la gente llama carácter.

La archivera trata al futbolista con desdén. Se muestra seca, displicente. De tanto en tanto, cuando él la llama (siempre es él quien la llama, ella a él no lo llama nunca), aunque no tenga nada que hacer le dice que ese día no le va bien que se vean. Da a entender que tiene otros amantes, para que el futbolista no se crea con ningún derecho. Alguna vez ha cavilado (tampoco mucho, no fuera a darse cuenta de que se estaba equivocando) y llegado a la conclusión de que lo trata con desdén porque en el fondo lo quiere mucho y teme que, si no lo tratara con desdén, caería en la trampa y se enamoraría de él tanto como él está enamorado de ella. Cada vez que la archivera decide que se acuesten, el futbolista se pone tan contento que le cuesta creerlo y llora de alegría, como con ninguna otra mujer. ¿Por qué? No lo sabe, pero cree que el desprecio con que lo trata la archivera no lo es todo. De ninguna manera es el factor decisivo. Sabe que en el fondo ella lo quiere, y sabe que si finge dureza es para no caer en la trampa, para no enamorarse de él tanto como él está enamorado de ella.

El futbolista querría que la archivera lo tratase sin desdén o, como mínimo, con un poco menos. Porque así vería, por un lado, que ésa no es la única forma de relación posible entre los dos y, por otro, que no debe tener ningún miedo a enamorarse de él. Porque él amaría la ternura de la archivera, esa ternura que ahora le da miedo mostrar.

A veces el futbolista sale con otras mujeres. Porque le parece que ha llegado al límite, porque decide que ya no soporta más que lo trate como un jarro, que casi no lo mire, que lo utilice de cepillo y después lo ignore.

Pero siempre vuelve. No es que las otras no le interesen lo suficiente. Todo lo contrario: son muchachas espléndidas, inteligentes, guapas y consideradas. Pero ninguna le da el placer que le da ella.

Un día (una tarde, mientras la archivera fuma y lo observa desvestirse), el futbolista se decide y le habla. Le dice que no debería  ser tan seca, tan huraña, que él la quiere tanto que no debe tener miedo de mostrarse tan como es. Que no se aprovecharía de ninguna debilidad de ella. Que si fuese tierna (y él sabe que lo es, y que finge no serlo) la querría aún más. Airada, ella le dice que quién se ha creído que es para decirle lo que tiene que hacer y lo que no; le dice que se siente y lo abofetea. Esa tarde, el futbolista disfruta más que nunca.

Pero, otro día que se ven, inopinadamente ella no es tan malcarada como de costumbre. El futbolista se sorprende. A lo mejor lo ha pensado y, sin decirle nada, empieza a hacerle caso. Al día siguiente es incluso tierna. El futbolista se alegra mucho. Por fin ha entendido que no tenía por qué tener miedo. Que mostrarse tal como es no va a reportarle ningún mal. Están en la cama. El futbolista está tan emocionado que se conmueve con cada gesto, con cada caricia. En cada mimo encuentra un placer especial. Es tal la ternura que ni tiene ganas de follar: les basta con abrazarse y decirse que se quieren (ahora, ella se lo dice a cada momento).

La archivera no vuelve a tratarlo con desprecio nunca más. Está tan enamorada del futbolista que se lo dice por la mañana, por la tarde, por la noche. Le regala camisas, libros. Se le entrega siempre que él quiere. Es ella quien lo llama, cada vez más, para que se vean todos los días. Y una noche le propone que se vayan a vivir juntos.

El futbolista la observa fríamente, con la mirada vidriosa. Hasta no hace mucho hubiera dado el brazo derecho porque ella le propusiese lo que acababa de proponerle.

Quim Monzó

Wissen

Sé que andas más despacio para alargar el camino y que sonríes cuando te doy la espalda. Sé que nos encontramos en los lugares más recónditos porque sabes que me perderé y tendremos que buscarnos; tendrás que buscarme.

Sé que de haber más horas en el día, las cubriríamos de palabras, y que haber más en la noche, las cubriríamos de sueños y secretos que prometimos nunca desvelar.

Sé que posees el don de la magia y que sabes que lo sé. Y es así, pues el poder que rodea a tu abrazo, el escudo en que se convierte a mi alrededor, no tendría cómo explicarse, no podría arrancar las espinas de la incertidumbre. Sé que de abrazarnos bajo la lluvia, las gotas nos evitarían.

Sé que caer y errar nos definen, y sé que son como una fusa en la obra de cualquier Don Alguien: ínfima en comparación con el total de la obra de existir. Sé que no quiero ser caída o error; sé que no quiero ser fusa.

Quiero pensar que alguna vez me has observado dormida, abrazando el calor del otro lado de la cama, y que en alguna ocasión has estirado el brazo, buscándome. ¿Y sabes? Esto no lo sé.

Y quizá… Búscame. Me he perdido.