Vínculo

Hay experiencias que marcan y personas que dejan huella. La experiencia gatillo puede ser placentera o dolorosa, pero experiencia al fin y al cabo.

Puedes levantarte una mañana, con toda la neutralidad de un día cualquiera, y no reconocerte al anochecer. Puedes sentarte en silencio en la comodidad de tu habitación y descubrir que es menos silencio de lo que era. Todo porque alguien, totalmente ajeno a ti, te ha demostrado que estás lejos de conocerte tan bien como pensabas sólo con ver cómo caminas.

¿Qué sientes?

Y, a partir de ahí, los recuerdos son borrosos, pero intensos. Apenas cuatro palabras para detonar toda mi entereza y provocar tantas lágrimas, cuya causa aún desconozco, que hubieron de mantenerse aún varias horas después. Una cosa sí sentí, aunque sin poder explicar de dónde provenía: liberación y calma. Desconocía que había un bloqueo en mi mente, pero lo sentí marchar; se rompió.

Fue una experiencia de tal calibre que días después aún lo tengo muy presente, tan presente como al maestro que me dio aquél -no tan leve- empujón.

El vínculo es mayor de lo comprensible, pero tan real como nosotros mismos.

Sólo resta decir: gracias.

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“El cuento”

A media tarde el hombre se  sienta ante su escritorio, coge una hoja de papel en blanco, la pone en la máquina y empieza a escribir. La frase inicial le sale enseguida. La segunda también. Entre la segunda y la tercera hay unos segundos de duda.

Llena una página, saca la hoja del carro de la máquina y la deja a un lado, con la cara en blanco hacia arriba. A esta primera hoja agrega otra, y luego otra. De vez en cuando relee lo que ha escrito, tacha palabras, cambia el orden de otras dentro de las frases, elimina párrafos, tira hojas enteras a la papelera. De golpe retira la máquina, coge la pila de hojas escritas, la vuelve del derecho y con un bolígrafo tacha, cambia, añade, suprime. Coloca la pila de hojas corregidas a la derecha, vuelve a acercarse la máquina y reescribe la historia de principio a fin. Una vez ha acabado, vuelve a corregirla a mano y a reescribirla a máquina.

Ya entrada la noche la relee por enésima vez. Es un cuento. Le gusta mucho. Tanto, que llora de alegría. Es feliz. Tal vez sea el mejor cuento que ha escrito nunca. Le parece casi perfecto. Casi, porque le falta el título. Cuando encuentre el título adecuado será un cuento inmejorable. Medita qué título ponerle. Se le ocurre uno. Lo escribe en una hoja, a ver qué le parece. No acaba de funcionar. Bien mirado, no funciona en absoluto. Lo tacha. Piensa otro. Cuando lo relee también lo tacha.

Todos los títulos que se le  ocurren le destrozan el cuento: o son obvios o hacen caer la historia en un surrealismo que rompe la sencillez. O bien son insensateces que lo echan a perder. Por un momento piensa en ponerle Sin título, pero eso lo estropea todavía más. Piensa también en la posibilidad de realmente no ponerle título, y dejar en blanco el espacio que se le reserva. Pero esta solución es la peor de todas: tal vez haya algún cuento que no necesite título, pero no es éste; éste necesita uno muy preciso: el título que, de cuento casi perfecto, lo convertiría en un cuento perfecto por completo: el mejor que haya escrito nunca.

Al amanecer se da por vencido: no hay ningún título suficientemente perfecto para ese cuento tan perfecto que ningún título es bastante bueno para él, lo cual impide que sea perfecto del todo. Resignado (y sabiendo que no puede hacer otra cosa), coge las  hojas donde ha escrito el cuento, las rompe por la mitad y rompe cada una de esas mitades por la mitad; y así sucesivamente hasta hacerlo pedazos.

Quim Monzó

“El amor”

La archivera es una mujer alta, guapa, con rasgos faciales grandes y vivos. Es inteligente, divertida y tiene lo que la gente llama carácter. El futbolista es un hombre alto, guapo, con rasgos faciales grandes y vivos. Es inteligente, divertido y tiene lo que la gente llama carácter.

La archivera trata al futbolista con desdén. Se muestra seca, displicente. De tanto en tanto, cuando él la llama (siempre es él quien la llama, ella a él no lo llama nunca), aunque no tenga nada que hacer le dice que ese día no le va bien que se vean. Da a entender que tiene otros amantes, para que el futbolista no se crea con ningún derecho. Alguna vez ha cavilado (tampoco mucho, no fuera a darse cuenta de que se estaba equivocando) y llegado a la conclusión de que lo trata con desdén porque en el fondo lo quiere mucho y teme que, si no lo tratara con desdén, caería en la trampa y se enamoraría de él tanto como él está enamorado de ella. Cada vez que la archivera decide que se acuesten, el futbolista se pone tan contento que le cuesta creerlo y llora de alegría, como con ninguna otra mujer. ¿Por qué? No lo sabe, pero cree que el desprecio con que lo trata la archivera no lo es todo. De ninguna manera es el factor decisivo. Sabe que en el fondo ella lo quiere, y sabe que si finge dureza es para no caer en la trampa, para no enamorarse de él tanto como él está enamorado de ella.

El futbolista querría que la archivera lo tratase sin desdén o, como mínimo, con un poco menos. Porque así vería, por un lado, que ésa no es la única forma de relación posible entre los dos y, por otro, que no debe tener ningún miedo a enamorarse de él. Porque él amaría la ternura de la archivera, esa ternura que ahora le da miedo mostrar.

A veces el futbolista sale con otras mujeres. Porque le parece que ha llegado al límite, porque decide que ya no soporta más que lo trate como un jarro, que casi no lo mire, que lo utilice de cepillo y después lo ignore.

Pero siempre vuelve. No es que las otras no le interesen lo suficiente. Todo lo contrario: son muchachas espléndidas, inteligentes, guapas y consideradas. Pero ninguna le da el placer que le da ella.

Un día (una tarde, mientras la archivera fuma y lo observa desvestirse), el futbolista se decide y le habla. Le dice que no debería  ser tan seca, tan huraña, que él la quiere tanto que no debe tener miedo de mostrarse tan como es. Que no se aprovecharía de ninguna debilidad de ella. Que si fuese tierna (y él sabe que lo es, y que finge no serlo) la querría aún más. Airada, ella le dice que quién se ha creído que es para decirle lo que tiene que hacer y lo que no; le dice que se siente y lo abofetea. Esa tarde, el futbolista disfruta más que nunca.

Pero, otro día que se ven, inopinadamente ella no es tan malcarada como de costumbre. El futbolista se sorprende. A lo mejor lo ha pensado y, sin decirle nada, empieza a hacerle caso. Al día siguiente es incluso tierna. El futbolista se alegra mucho. Por fin ha entendido que no tenía por qué tener miedo. Que mostrarse tal como es no va a reportarle ningún mal. Están en la cama. El futbolista está tan emocionado que se conmueve con cada gesto, con cada caricia. En cada mimo encuentra un placer especial. Es tal la ternura que ni tiene ganas de follar: les basta con abrazarse y decirse que se quieren (ahora, ella se lo dice a cada momento).

La archivera no vuelve a tratarlo con desprecio nunca más. Está tan enamorada del futbolista que se lo dice por la mañana, por la tarde, por la noche. Le regala camisas, libros. Se le entrega siempre que él quiere. Es ella quien lo llama, cada vez más, para que se vean todos los días. Y una noche le propone que se vayan a vivir juntos.

El futbolista la observa fríamente, con la mirada vidriosa. Hasta no hace mucho hubiera dado el brazo derecho porque ella le propusiese lo que acababa de proponerle.

Quim Monzó

“La envidia es la religión de los mediocres”

“La envidia es la religión de los mediocres. Los reconforta, responde a las inquietudes que los roen por dentro y, en último término, les pudre el alma y les permite justificar su mezquindad y su codicia hasta creer que son virtudes y que las puertas del cielo sólo se abrirán para los infelices como ellos, que pasan por la vida sin dejar más huella que sus traperos intentos de hacer de menos a los demás y de excluir, y a ser posible destruir, a quienes, por el mero hecho de existir y de ser quienes son, ponene en evidencia su pobreza de espíritu, mente y redaños. Bienaventurado aquel al que ladran los cretinos, porque su alma nunca les pertenecerá.”

Carlos Ruiz Zafón

La sombra del viento

“No podía oír su voz o sentir su tacto, pero su luz y su calor ardían en cada rincón de aquella casa y yo, con la fe de los que todavía pueden contar sus años con los dedos de las manos, creía que si cerraba los ojos y le hablaba, ella podría oírme desde donde estuviese.”

 

Carlos Ruiz Zafón

Aviraneta o la vida de un conspirador

[…]La entrada del Empecinado por el pueblo fue trágica. A lanzadas y sablazos, atropellando con los caballos, se abrieron paso. —¡Viva la libertad! —gritaba Aviraneta, entusiasmado, levantando su sable en alto.Como un aluvión se pasó Moraleja, y se siguió carretera adelante, hacia Hoyos. Los realistas,repuestos de la sorpresa, reunieron doscientos jinetes, que se lanzaron en persecución de los liberales. Afortunadamente para éstos, la mayoría de los caballos de los  feotas estaban cansados de la jornada del día anterior, y no podían darles alcance. En Hoyos, los realistas subieron al galope hasta la iglesia. Las herraduras de los caballos hacían ruido de campanas en las piedras.Los liberales les hicieron una descarga cerrada, que mató a ocho o diez hombres.Después de una hora de combate, los  feotas se retiraron, dejando algunos muertos, quince o veinte heridos y otros tantos caballos, de los que se apoderaron los liberales.

 El Empecinado, Aviraneta y el jefe de los nacionales de Hoyos conferenciaron. Era,indudablemente, difícil defenderse en Hoyos con tan poca gente; podían meterse en la iglesia y atrincherarse allí, pero entonces se verían expuestos a un sitio.El jefe de los nacionales consideraba más fácil defenderse en la próxima aldea de Trevejo, que, además de estar en un cerro, con una subida difícil, tenía la ventaja de que se podía avisar desde allí a San Martín de Trevejo, donde se hallaban refugiados algunos nacionales de los contornos. Serían las cuatro y media de la tarde cuando salió de Hoyos Aviraneta con los milicianos, y aproximadamente las seis cuando daban frente a Trevejo. Aviraneta pensó varias estratagemas para detener a los realistas; la mayoría tuvo que desechar, y,al último, se decidió por una. […]
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Vol. I Memorias de un hombre de acción. Pío Baroja