Pero caminemos

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Caminemos despacio. Marquemos cada paso, como cuando fue el primero. Dejemos huella. Caminemos.

Caminemos con seguridad. Miremos a la derecha, pero también a la izquierda. ¿Quién nos acompaña? Caminemos.

Caminemos campo a través. Recordemos los colores. Juguemos a ser pequeños, aún más pequeños. Caminemos entre las rocas; que sean mundos en nuestro infinito espacio. Caminemos.

Caminemos entre la niebla. No nos ceguemos, miremos a su través. ¿Hay ruinas allá, al fondo? Reconstruyamos lo que es real. Caminemos.

Caminemos de la mano. No nos escondamos. Gritemos nuestros sueños; que los tergiverse algún malvado genio. Y riamos.

Pero caminemos.

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Amaneceres

El amanecer de aquel día fue más rosado que de costumbre, y cuando el día llama a la sangre, es porque ésta ha de serle ofrecida.

Mi aldea no conoce la paz desde hace siglos; antes de que la palabra ‘siglo’ se inventara y extendiera, las disputas ya habían asolado la confianza de mis vecinos. No sólo hallábamos dificultades en la supervivencia con otras aldeas de la región, sino que dentro mismo de la población, la sangre era derramada con mayor frecuencia de la que podía explicar la razón.

Hoy sabía qué deparaba el día; hoy me acompañaría la Muerte.

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