Pero caminemos

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Caminemos despacio. Marquemos cada paso, como cuando fue el primero. Dejemos huella. Caminemos.

Caminemos con seguridad. Miremos a la derecha, pero también a la izquierda. ¿Quién nos acompaña? Caminemos.

Caminemos campo a través. Recordemos los colores. Juguemos a ser pequeños, aún más pequeños. Caminemos entre las rocas; que sean mundos en nuestro infinito espacio. Caminemos.

Caminemos entre la niebla. No nos ceguemos, miremos a su través. ¿Hay ruinas allá, al fondo? Reconstruyamos lo que es real. Caminemos.

Caminemos de la mano. No nos escondamos. Gritemos nuestros sueños; que los tergiverse algún malvado genio. Y riamos.

Pero caminemos.

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Amaneceres

El amanecer de aquel día fue más rosado que de costumbre, y cuando el día llama a la sangre, es porque ésta ha de serle ofrecida.

Mi aldea no conoce la paz desde hace siglos; antes de que la palabra ‘siglo’ se inventara y extendiera, las disputas ya habían asolado la confianza de mis vecinos. No sólo hallábamos dificultades en la supervivencia con otras aldeas de la región, sino que dentro mismo de la población, la sangre era derramada con mayor frecuencia de la que podía explicar la razón.

Hoy sabía qué deparaba el día; hoy me acompañaría la Muerte.

[…]

Wissen

Sé que andas más despacio para alargar el camino y que sonríes cuando te doy la espalda. Sé que nos encontramos en los lugares más recónditos porque sabes que me perderé y tendremos que buscarnos; tendrás que buscarme.

Sé que de haber más horas en el día, las cubriríamos de palabras, y que haber más en la noche, las cubriríamos de sueños y secretos que prometimos nunca desvelar.

Sé que posees el don de la magia y que sabes que lo sé. Y es así, pues el poder que rodea a tu abrazo, el escudo en que se convierte a mi alrededor, no tendría cómo explicarse, no podría arrancar las espinas de la incertidumbre. Sé que de abrazarnos bajo la lluvia, las gotas nos evitarían.

Sé que caer y errar nos definen, y sé que son como una fusa en la obra de cualquier Don Alguien: ínfima en comparación con el total de la obra de existir. Sé que no quiero ser caída o error; sé que no quiero ser fusa.

Quiero pensar que alguna vez me has observado dormida, abrazando el calor del otro lado de la cama, y que en alguna ocasión has estirado el brazo, buscándome. ¿Y sabes? Esto no lo sé.

Y quizá… Búscame. Me he perdido.

Rain

– ¿Qué tal si salimos a pasear bajo la lluvia? Creo que es una gran idea. -dijo, poniendo cara de interesante.

– ¿A pasear bajo la lluvia? -quitó la vista de su libro.

– Sí. Pasear bajo la lluvia, sin paraguas, hasta que estemos completamente calados. En ese intervalo entre lo sexy y la neumonía, volveremos a casa. Yo, como buen caballero, te observaré y diré: “¡Vaya, estamos empapados!” y te propondré una ducha caliente. ¡No hay mejores preliminares para… una gran peli!

– Oh, eres el colmo de lo sutil. -frunció el ceño.

– También podría haber dicho que pensaba agarrarte por la cintura, lanzarte a la cama, inmovilizarte con mi cuerpo y…

– ¡EH!

– … y no me parecía oportuno.

– Prefiero lo de la lluvia. -sonrió mientras se ponía las botas.

– Sí, ¿verdad?

– Anda, tira. ¡El último en llegar a la puerta caminará descalzo! -gritó, comenzando a correr.

– Mientras no me hagas beber de un charco… -comentó, caminando pocos pasos por detrás.

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Para no perder

La mayor y más acertada decisión de aquellos días y de las más de su vida.

– Exageras  -decía él.

– No, en absoluto. He sido feliz. -Masticó cada palabra para grabarla con fuerza- Si bien ha existido, y existe, esa emoción y ese entusiasmo momentáneos, temporales, como en el primer nosotros, lo que me ha acompañado ha sido otro tipo de dicha, más tenue en su expresión, pero más profunda, duradera y valiosa. De esos sentimientos que te hacen aferrarte, uñas y dientes, para no perder.

Y en este punto, serena como ninguna, se marchó. Cerró los ojos y caminó por el sendero de lo que perdura, donde el tiempo no es tiempo y las lágrimas son recuerdo, caricia y adiós.

Él, joven y dolido, nunca olvidó su olor.


Yo soy y aquí estoy. Es el comienzo; es mi tiempo.

«Nacida en las tierras del Amanecer Blanco, fui repudiada por mi padre tempranamente. Lo que nunca llegó a demostrarse, pero bastó para que mi madre, Ethanäel, se ganara lo que, más tarde, he llegado a identificar como el más profundo desprecio y rencor, fue una infidelidad, grave falta en mi región, que le hizo colgarse una etiqueta de vergüenza a ojos de los que, por aquel entonces, eran nuestros vecinos y amigos. Sin embargo, él nunca supo mostrar evidencias de tal acto, no hubo prueba alguna. Sea como fuere, se marchó de la ciudad, Llanten Mediano, hija menor (a pesar de su nombre) y mimada de los Sabios Gobernantes, centro de Artes y Ciencias de la provincia.

 Lo que descubrí, a medida que crecí y conocí nuestra historia, la de mi familia, fue que el pasado, presente y pretendido futuro de mi padre atentaba contra lo que se entendía como correcto, alejándose de lo moral en función de sus propios intereses. Prostituyó su palabra y a sí mismo con el único fin de mantener y ver crecer a su prole, a toda su prole.

El único “error” de mi madre fue tener una fertilidad limitada, siendo yo, Garäina Reynaud, la primera y única hija que pudo tener. La solución de mi padre ante esta situación, fue buscar otros cálices dispuestos a someterse a un polen poco digno.

Cuando fue descubierto por mi madre, evitó el enfrentamiento directo. La Guardia Blanca fue informada del “Acto Infiel del que era protagonista Ethanäel, esperando un hijo ilegítimo y espurio, que habría de ser detenido junto a su esposa y castigados ambos como corresponde, según la Ley de Desposorio”, tal y como recitó el juez, y citado como palabras literales de mi padre.

Dicha ley fue dictada por una iglesia en decadencia, pero aún poderosa y con potestad de jurisdicción. Ni entonces, ni aún hoy, años después, existe nadie que posea el valor suficiente para contradecir sus dictámenes y sentencias.

Mi madre fue despreciada, desatendida a pesar de su gravidez, humillada públicamente y sometida a diversas vejaciones, según dictaban las Normas Canónicas (supuestamente) Valaritas, determinadas por los Hijos del Único. Todo ello bajo la mirada de desdén y la sonrisa de suficiencia en el rostro de mi padre; todo había salido según lo planeado, manteniendo su honor en alza y, por supuesto, tirando del hilo de la compasión de los vecinos y, sobre todo, las vecinas del lugar, facilitando lo que había convertido en “su misión”.

Mi madre, aun en su estado, se vio en la necesidad de huir de Llanten. Más que el maltrato al que había sido sometida, temía lo que ocurriría cuando su descendencia llegara al mundo. Incluso, me ha confesado en alguna ocasión, temía por la honradez y buen hacer del Sanador y, como consecuencia, por mi vida.

Nací en Mezereon Daphne, pequeña aldea agrícola, a kilómetros suficientes para que su reputación infundada no le precediera.

Sana y fuerte, allí crecí, siendo alumna voluntaria en cuanto podía y desarrollando una voluntad, valores y moral imperturbable, gracias a la total dedicación de mi madre a mi educación.

Con diecinueve años humanos, poco para los de mi raza, conocí la historia que os cuento. Nunca intentó inculcarme odio hacia aquel hombre que, decía, formaba parte de nosotras, irremediablemente. No hizo falta; el odio creció de manera progresiva según avanzaba la historia hasta convertirse en un dolor punzante, como una rama de jujubo común atravesándome el pecho.

Y ello me trae aquí. Por lo descrito y otras ofensas que no merecen ser recordadas, decidí recuperar el honor de mi madre, mi única familia, destruyendo al causante de su pérdida.

Así, versada en Artes Blancas y en el Poder de los Elementos, decidí saborear la venganza de una vida de penurias. Decidí, en definitiva, que mataría a mi padre.

Garäina Reynaud, protagonista de tu infierno.»

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