La voz

Sabía que era una locura, que la viabilidad de ese estudio era nula, pero algo en mi interior me impedía parar y replantearme mi cordura.

Hace años, siendo aún estudiante, me aficioné de manera importante, casi patológica, al estudio de la mente. Por entonces  era joven e incrédula –como ahora, en realidad–, pero también era más intransigente y nada, absolutamente nada, existía si no podía demostrarse ante mí.

En un momento dado, curioseando por el gran mar de información que es Internet, encontré una página que, aunque aún yo no lo sabía, sería el detonante de esto que hoy escribo. No era más que un aficionado a la ciencia ficción o un personaje que vivía en sus carnes las fantasías de elfos mentalistas y dragones con tres cabezas, o eso pensé. La información que leí respondía al siguiente titular: “La esquizofrenia como un paso más en la evolución humana”. Entre datos poco precisos provenientes de fuentes poco fiables o, incluso, inexistentes, daba teorías conspiranoicas (no estoy siendo muy objetiva, pero es mi diario y lo redacto como quiero) acerca de cómo los médicos y la industria farmacéutica buscaban su propio beneficio a través de la abolición de la evolución humana, coartando la misma mediante el uso de medicación que inhibía aquellos rasgos propios de aquellos que habían trascendido, tachándolos de manifestaciones morbosas de una enfermedad mental –la esquizofrenia, en este caso–. En definitiva y dejando al margen los tecnicismos, que se habían convertido los rasgos distintivos de quienes habían evolucionado en “síntomas” para, de este modo, sacar un provecho.

Casi ofendida por  tal planteamiento, guardé la página para mostrársela a mis profesores, aquellos que me habían ya mostrado, al menos, los márgenes del poder de la mente.

El día que acudí a su despacho y les ilustré con la información que había recogido, nos fue imposible dejar de lado el tono burlón e irónico con el que habíamos comenzado a tratar el tema. Ellos, profesionales de este mundo, estudiosos del comportamiento y de la desadaptación a la realidad con la que nos obsequia la enfermedad mental, se mostraban, como era previsible, más que escépticos ante aquellas palabras.

Tiempo después comenzó mi dedicación a la investigación de este mundo. Empecé a trabajar con ellos; buscaba ser tan brillante como ellos. En ese momento era incapaz de comprender la verdadera trascendencia de mi decisión.

Los primeros pasos fueron tediosos. La búsqueda de información, la revisión bibliográfica, parecía no acabar nunca. Saber con qué palabras buscar y determinar la validez de la información que encontraba ocupaban casi todo mi tiempo. Aunque esto, si bien mi diario disfruta recogiendo información irrelevante, no es lo que quiero dejar a la posteridad. Lo realmente importante sucedió cuando todo este proceso se vio terminado; cuando comencé a entablar conversaciones, entrevistas, con los que serían origen y solución de todos mis problemas a partir de entonces: mis pacientes.

Las entrevistas no fueron tan… productivas como una mente recién iniciada, más que principiante,  imaginaba. Eran entrevistas complejas, lentas e incluso conflictivas. Tenía dudas sobre qué preguntar y, para complicar más las cosas, sobre cómo hacerlo. Por otro lado, las respuestas eran vagas, difusas, imprecisas, abstractas y, según mi criterio, totalmente al azar, incoherentes en grado sumo. No conseguía ningún tipo de información que tuviera verdadera validez o, como pude comprender más tarde –mucho más tarde, en realidad-,  no conseguía IDENTIFICAR tal información, aunque estaba, de alguna manera, obteniéndola.

Un día, puede que fruto de la frustración que por entonces comenzaba a apoderarse de mi ánimo o puede que por la falta de sueño que ese día atentaba contra mi entereza, lo que comenzó siendo una entrevista normal se convirtió en… en algo que no sabría definir. Desconozco aún si fue mi tono y mis formas, pero llamé la atención de una paciente.

Alba era una chica joven, muy joven a mi parecer, ingresada en el ala Este de Psiquiatría diagnosticada de un Síndrome Confusional Agudo, cuyos síntomas más llamativos eran las alucinaciones auditivas. Era, al contrario de lo que estaba acostumbrada, muy comunicativa (lo normal era lo que se denomina alogia, que es una restricción en la cantidad y contenido del lenguaje). Si bien había que desmembrar el mensaje –demasiada información y ciertamente desorganizada-, lo que me dejó estupefacta fue lo que, en un momento dado, ocurrió durante una de nuestras entrevistas.

A diario, llevaba una serie de preguntas que me servirían de guión a priori, aunque la entrevista siempre terminaba siendo personalizada; no era posible hacer entrevistas cerradas en ese mundo.

  • Yo: ¿Y podría decirme qué le dice con respecto a mi persona, por ejemplo?
  • Alba: Ya se lo ha dicho: que confía en usted.

La respuesta fue contundente. Aquellas palabras fueron la causa de que mi mundo se detuviese. Fuera de contexto podrían ser las palabras de cualquier persona que, a través de otra, me mostraba su confianza. La realidad era que yo estaba hablando con un paciente, que “la persona que confía en mí” es una voz que escucha en su mente y que esas mismas palabras habían provenido con anterioridad de otro paciente, el cual fue entrevistado apenas horas antes; pacientes sin ningún tipo de relación, en alas diferentes del hospital y en régimen cerrado. Lo que es lo mismo, dos personas que jamás habían estado en contacto.

– ¿Y podría decirme qué le dice con respecto a mí, por ejemplo?
– Dice que confía en usted.
– ¿Podría decirme por qué confía en mí?
– Porque usted nos entiende.

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