Armado

A veces despierto y aún me tiemblan las manos. Me estiro y crujen los huesos de mis días de silencio. Abrazo el olor de una ausencia y escondo todas las piedras con las que tropecé, confiando en sacarlas cuando el valor se vista de gala.

Cada paso es un acorde menor con aspiración de crecer, de alcanzar los estantes altos del pentagrama, donde se sientan los poderosos.

La sonrisa del Sino se oculta tras el abanico del pesar, de la tenue luz del futuro. Sonrisa bordada con hilo de oro sobre la ajada piel del tiempo, nuevas heridas que lamer. Cicatrices que son armas contra amargas realidades, que marcan la cuenta atrás de los días con cada disparo de hastío.

Huellas de plomizos pies, medida expectativa de cuántos serán los cadáveres.

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