Añosa

Me he soñado anciana, anciana y bella. Con las manos agrietadas de trabajo y la vista cansada de amaneceres.

Me he recordado amarga en aquel desencuentro, en la que una vieja camioneta apagaba tu luz y mis súplicas sin reparar en las negativas.

¿Qué importaban a estas alturas humo, escombros y antiguos pecados?

Me vestían un par de surcos, polvo y sal, grises como el ánimo. Recorrían mis mejillas, deleitándose con cada trazo que el trabajo, la lucha y los años habían dibujado, marcado a cincel, en mi rostro.

Y ahora… No te veré morir. No podré suplicarte un suspiro más ni clemencia al enemigo.

Me levantaré, en las pocas mañanas que le queden a esta anciana, vencida, derrotada…, en una habitación vacía, cuidando, orgullosa, a la sangre de nuestra sangre, mientras rezo a dioses en los que no creo oraciones que nunca aprendí, y les pido que, de ser superadas las barricadas, los disparos sean certeros, rápida tu muerte y para mí, al menos, unas migajas de tu último pensamiento.

Enmarcado está el Adiós. Yo, maldiciendo a quien pensó que, añosa, una ya no posee fuerza y destreza para luchar, y tú, riéndote de mi ira, como siempre, mientras caminabas despacio y torpe y, a la vez, firme y elegante cual conde, junto a la camioneta que de allí me arrancaba, entrelazando nuestros dedos como cuando éramos jóvenes, como cuando, idealistas y soñadores, nos veíamos fenecer juntos en el lecho, entre caricias que sólo saben dar quienes han vivido mucho.

Añosa

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