Deliremos

– Doctor, me ama. Lo sé. Deja señales allá donde va.

– ¿De veras? ¿Qué señales?

– Todas, doctor. ¿Puedo llamarle Lex? Adoro ese nombre, Lex. No sé qué hago aquí, Lex, estoy muy bien. Él me espera, ¿sabe? Cuando sale a beber por las noches, piensa en mí. Lo dice su cara. A veces, da golpecitos en la barra. ¿Sabe cómo le digo? Así, con los dedos. Cuando lo hace, es que me llama. Quiere que vaya, y no me hago de rogar. Me siento en la barra, a su lado, pero no le miro. Él a mí tampoco. Es un juego, ¿sabe? Nosotros jugamos así.

– ¿Y qué más?

– Pues mucho más, Lex. ¿Le molestaba que le dijera Lex? No me lo ha dicho al final. Ayer, sin ir más lejos, nos cruzamos en la frutería. Justo en esa que está en la plaza, junto a la tienda de cómics. Es nuestro lugar de encuentro. Y, ¿sabe? Siempre me deja un regalo cuando se marcha. Es como un ritual: coge una manzana, la mira y la deja de nuevo sobre la caja, con todas las demás. ¡No piense usted que es un cochino! Tan solo la impregna de sí mismo, para mí. ¿Entiende? La deja ahí para que, más tarde, cuándo él se vaya, yo la recoja para mí.

– ¿Y desde cuándo le deja esas señales?

– ¡Huy, huy! Si yo le contara… ¡Ya hace años! ¿O son meses? Da igual. Lo hace. Pero usted no puede decir nada, porque lo hace a escondidas de su mujer, ¿sabe? Es nuestro juego, como ya le dije. Nadie lo sabe, porque somos muy discretos. Pero me ama; me ama con locura. ¡Ah, lo olvidaba! Fíjese que este fin de semana, cuando iba a la frutería… Voy mucho a la frutería, ¿sabe? Me gusta la fruta… Pues cuando iba a la frutería, me crucé con él. Como ya le dije, nuestro ritual se mantuvo. ¡Pero hubo algo más! Verá: llevaba desabrochado el botón superior de la camisa indicándome que a las 12:30 de la noche quedábamos en la plaza, junto a la fuente.

*Es difícil pensar en la existencia de trastornos del pensamiento. ¿Verdad? “¿¡Cómo va a haber trastornos o anormalidad en algo que es tan subjetivo como la mente de uno mismo!?” Veamos:

En el delirio erotomaniaco nos encontramos con un sujeto que se siente (más que sentirlo, tiene la total certeza de ello; es “real”) de que otra persona, generalmente inaccesible (estatus, edad, distancia), lo ama. ¿Pruebas de ello? ¡Por supuesto! Pruebas tan… claras como que “se deja desabrochado el botón superior de la camisa indicándome que a las 12:30 de la noche quedamos en la plaza, junto a la fuente”.

Pero delirio erotomaniaco suena, quizá, demasiado brusco. Todo lo que contenga la palabra “-maniaco” nos asusta. Quizá… tan solo… delirio de amor (Clerambault).

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