Jeg savner min muse…

Como cada día, era el único voluntario para hacer horas extras. Realmente, la diferencia entre dormir sobre el escritorio de mi despacho y sobre el colchón de la cama de mi destartalado apartamento no era demasiado grande.

Aproveché para avanzar ligeramente con el papeleo pero, finalmente, lo ignoré como tantas otras veces. Y como todas esas veces también hice, me senté junto a la gran cristalera que formaba la pared posterior de mi despacho. Abracé mis piernas dobladas y apoyé la barbilla sobre mis rodillas.

Miré todas y cada una de las estrellas a la par que intentaba que la Luna me mostrara su cara oculta. Como en cada ocasión que lo intenté, se negó.

Llegó el día conmigo tumbado en el suelo. Abrí despacio los ojos, soportando el dolor que me producía la claridad en ellos. Me estiré, chocándome contra la silla, cayendo en la cuenta de dónde me encontraba.

Me puse en pie y estiré la ropa todo lo que pude. Imposible quitar las arrugas de toda una noche. ¡Qué más da! Me senté en la silla, con el maletín del trabajo sobre las piernas. ¿Tendría alguna llamada?  No, claro que no. Ella tiene mejores cosas que hacer.

Y éste es el comienzo de un día más. Uno como todos los demás, con el mismo comienzo y el mismo final.

Añoro a mi musa…

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