¿Una última calada?

Antes de entrar… ¿por qué no un cigarrillo? Palpé mis bolsillos buscando el último. ¿Dónde lo había metido?

Maldije mi memoria.

Momentos antes de llegar a la estación me había parado un chaval con cara de pocos amigos. Con cierta reticencia y mirando a todas partes, como quien hace algo prohibido, me había pedido fuego y, tras sacar mi paquete de tabaco y antes de ser consciente de la situación, me lo había arrancado de las manos mientras me gritaba algo sin sentido, entre diversos “gelipollas” y “miá qu’eres tonto”. Me limité a mostrar media sonrisa que se convirtió en mueca mientras mi mente daba vueltas a un pensamiento: “Qué inocente eres, muchacho. Era el último cigarrillo y un mechero de propaganda”.

Me acerqué a una mujer  que se encontraba a mi lado, apoyada en la pared. Cubría su cabeza con el gorro de su abrigo y casi toda la cara con un pañuelo deshilachado. Me observó con unos profundos ojos negros y se retiró un paso hacia atrás, viendo mis intenciones de dirigirme a ella.

Me paré. No entendía la reacción y quedé un poco aturdido, confuso.

Seguía mirándome; no apartaba sus ojos de mí. Proseguí acercándome, sonriendo, intentando borrar en mi cara aquello que hubiera podido espantarla. De nuevo se alejó, más incluso que en el caso anterior.

Tropezó. Apenas intentó evitar la caída, quedándose acurrucada en el suelo, de lado y abrazando sus rodillas.

Corrí hacia ella.

–          ¿Estás bien?

No me miraba. Cerraba los ojos con fuerza.

Unos chavales que pasaron a nuestro lado comenzaron a reírse. Entre ellos reconocí al “gelipollas” del cigarrillo. Les ignoré y volví a centrarme en ella.

Intenté que se incorporara, sujetándola de por un brazo con una mano, y con la otra agarré su abrigo en un costado. Un grito salió con la fuerza de una sirena de sus pulmones. Me aparte, entonces, sin saber qué hacer.

Aparté la bufanda de su cara. Vi una mejilla amoratada y unos labios agrietados que sangraban. Fijándome más descubrí que no eran meras grietas por el frío; habían sido golpeados. Me horroricé al observar de cerca aquella cara de dolor.

Entre dientes pude escuchar un “Ayúdame, por favor”.

La agarré de nuevo por el costado para, al menos, sentarla en el suelo. Una vez lo hice, retiré la mano.

Caí al suelo, sin poder creer lo que en mis manos veía. Habían adquirido un color rojizo. Sangre las cubría casi en su totalidad; sangre que había adquirido un tono claro, diluida por la llovizna que había comenzado a empaparnos.

–          ¿Qué está ocurriendo?

Desde luego, había olvidado por completo que, en principio, sólo quería fumar.

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2 thoughts on “¿Una última calada?

  1. Me ha gustado mucho este texto (y me ha dejado intrigado).
    Gracias por pasarte por mi blog, me alegro de que te haya gustado.

    Me volveré a pasar por aquí.
    Hasta la próxima.

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