¿Que por qué? Ni flowers…

No tenía claro por qué había cedido a las insistencias de Elia. Era absurdo; más que absurdo. ¿Quién, hoy en día, se apuntaba a esto de las “citas a ciegas”? Yo no necesitaba una pareja, sino tranquilidad, paz y sosiego; tiempo para mí.

Cierto es que llevarle la contraria no es la mejor opción; de hecho, es preferible aceptar a la primera sin esperar a que lo repita más veces… pero, ¿esto? No podía caer más bajo.

Decidí, sin pensarmelo demasiado, que largarme era la mejor opción. Me levanté, mirando a todos lados con temor de que mi cita llegara antes de que consiguiera salir. Sería desagradable tener que dar explicaciones. De todos modos, mi buena voluntad me hizo esperar un poco; tenía que hacer algo antes de marchar.

Cogí una servilleta de papel y pedí un boli al camarero.

Mientras escribía y sin previo aviso, una mano se posó sobre la mesa y alguien me habló, con voz grave:
¿Tan pronto y ya escribiéndome cartas de amor?

Me vi, alterada del susto y roja de la impresión (y la vergüenza), con la mirada fija en unos ojos negros que me observaban fijamente.
Con una sonrisa burlona, me quitó el papel de la mano, a pesar de que había ido retirándolo cuidadosamente hacia mí, en un fallido intento de esconderlo.

“Lo siento, pero esto no es para mí.
Hasta otra, si nos vemos”

Me miró extrañado.

¿Te vas? O, más correctamente, ¿te ibas?

Lo dijo haciendo claro énfasis en ese verbo en pasado. Se sentó a la mesa y llamó la atención del camarero.

Una botella de su mejor vino, por favor. Y dos copitas, si puede ser.

Con apenas un hilo de voz, me dirigí a él.

Yo… yo no bebo… -dije- nada.
¿Nada… de nada? No sé si sabes algo de medicina, nena, pero si no bebes te deshidratas y… ¡adiós!

A pesar de la embarazosa situación, momentos antes había decidido qué iba a hacer, y su aparición no significaba que no fuera a llevarlo a cabo. Continué recogiendo mis cosas e hice una señal al camarero para que dejara una de las copas.

Yo me voy. Disfrute de la cena. Y, de nuevo, lo siento.

Creo que no.  Ese no era el acuerdo. Hay una excelente cena pendiente y después… relax. ¿No te apetece? Y, por cierto, no me llames de Usted; es totalmente innecesario.

Yo… de veras que me voy. -insistí- Esto no es para mí. No lo haga… quiero decir: No lo hagas tan difícil. Lo siento, de veras que lo siento. Mi amiga me convenció de esto, pero no ha sido buena idea. No te ofendas.

Me puse la bufanda y escondí parte de mi ruborizada cara bajo ella. Me miró, esta vez compasivo (o eso parecía). Sonrió.

Sabía que esto ocurriría. De hecho, tu amiga lo sabía y estaba preparado para ello. Sé qué debería hacer y qué he acordado hacer ahora, pero no puedo llevarlo a cabo. Me siento incapaz de continuar actuando. Realmente, Ada, soy yo quien debe disculparse… Trabajo con Elia, estoy en una compañia de teatro intentando conseguir algo en la vida. Ella me hizo un favor, del que no viene a cuento hablar, pero con el que conseguí dar un paso de gigante en mi carrera, y esta era mi forma de devolvérselo. Y digo “era” porque no puedo seguir. No sé qué pretendía con esto ni qué supuesto beneficio te aporta a ti, pero insistió tanto que… ¡Joder, es imposible llevarle la contraria!

[…]

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2 thoughts on “¿Que por qué? Ni flowers…

    1. Gracias.
      La verdad, sí que me gustaría ponerte un nombre, aunque sólo sea por llamarte de alguna manera, amigo Anónimo.

      Podría indagar, pero prefiero una respuesta voluntaria.

      ¡Saludetes!

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