Por decir No al miedo

Agarrando mis muñecas, me lanzó contra la pared, aprisionándome contra ella. Rezumaba cierto hedor a ginebra y muerte.
Me hablaba en un susurro, tan amenazante como si lo hiciera alzando el grito al cielo. O, incluso, más.
Empecé a tener náuseas.

“Alfonso…” –aquella voz que siempre me liberaba- “Alfonso, vete a la cama”.

Me soltó, la miró y se fue, dejándonos solas.
Caí de rodillas.

¿Por qué permites esto? –dije, a media voz.

Me miró con ojos entristecidos.

Aguanta un poco más. Ya pronto acabará todo… -susurró, acariciándome delicadamente la mejilla.

Me levanté despacio y me tendí sobre la cama.  La habitación, oscura, daba vueltas a mi alrededor, acentuando el malestar que me abatía. El dolor en las muñecas, arañazos en la piel y los labios ensagrentados; todo por un momento de descanso, por diez segundos de libertad, por sonreir, triunfante, negando el miedo.

¿Sin miedo? Qué gran actuación…”


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