Lágrimas de polvo.

No podía hacer nada más que correr, correr con todas mis fuerzas, para huir del humo y del ruido, de los alaridos de miedo y de los gritos de dolor. Me escondí tras una de las columnas que aun se tenía en pie del antiguo ayuntamiento, ahora sólo ruinas y ceniza. Una bomba de mortero calló en las proximidades y no pude más que esconderme; acurrucarme como si así pudiera hacerme menos daño. “¿Qué he hecho para merecer ésto? ¿Qué hemos hecho, Señor?”
Las lágrimas resbalaban por mi mejilla, pero no me podía permitir derrumbarme; tenía que seguir.
Continué corriendo. Seguía escuchando los gritos, los llantos, las explosiones…
Tropecé y, aun con mis rodillas arañadas de la caída, seguí corriendo. No miré atrás. ¡No podía! Los miembros de cuerpos muertos me rodeaban. ¡No podía! La sangre regaba la ciudad. Bueno… lo que quedaba de ella.
Cerré los ojos y seguí corriendo.
Choqué contra algo, que acto seguido me empujó. Volví a besar el suelo. Aún con los ojos llorosos, miré hacia arriba.
Vi un traje a tonos verdes  y unas manos temblorosas que sujetaban un arma; unos ojos llenos de ira me miraban. Ira absurda. “¿Qué había hecho?” Sus labios se apretaban en una mueca extraña.
Me acurruqué, con miedo, buscando desaparecer. Me agarró de un brazo y me levantó, dejando flotar mis pies sobre el suelo. Grité, vaciando todo el aire de mis pulmones. Tapó mi boca, dejando caer el arma al suelo.
– Si vuelves a gritar no seré tan sutil.
Paré en seco. Su voz era dura, pero no había odio.
Me sacó del camino. Atravesando edificios derruidos, llegamos a las afueras del pueblo. Vi que se dirigía a un camión. Intenté zafarme esas manos, pero… ¡No podía! Me zarandeó.
Para ya, he dicho.
Volví a detenerme. Era absurdo. Era… mi fin.
Nos acercamos a la camioneta por el lateral del mismo, hacia el asiento del conductor.
Llevaosla también a ella.
No podemos, conoce las normas.
¡Sacadla de aquí, joder!
Sí, mi capitán.
Me subieron a la parte trasera de la camioneta y me taparon con una manta. Una leve sonrisa surgió en los labios de aquel hombre.
De repente aparecieron un grupo de vecinos que corrían hacia nosotros. Vi a los soldados desenfundar las armas.
¡¡Huid!! -grité.
Alguien me agarró y me tumbó de nuevo, cubriéndome con la manta. Oí tiros, gritos, cuerpos… Volví a asomarme. Un presentimiento, un dolor en el pecho, telepatía odiada…
¡¡Madreeeeeeee!!
Su cuerpo se desplomó, teñido en rojo. “Sólo buscaban sacarme de aquí…” Un vacío inundó mi pecho. Escondí la cara entre mis manos y dejé, esta vez sí, que mis lágrimas encontraran su camino y se arrojaran a donde les apeteciera, sin límite… sin razón para que hubiera un límite.

Lágrimas de polvo…

Gracias a Vero, por hacer
tales improvisaciones,
pone el vello de punta
y el corazón en un puño. Tiene ese don.

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5 thoughts on “Lágrimas de polvo.

  1. Está genial, sigue así que llegaras lejos… algún dia llegaré a escribir tan bien como tú y te haré la competencia, que lo sepas 😛

    Un abrazo de oso! o de gnomo.. xD

  2. Ufffff!!! Muy buena historia, me quedé sin palabras, eres realmente buena para crear escenarios donde el lector se compenetre totalmente muy bueno en verdad… te seguiré la pista 😉

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