Pero caminemos

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Caminemos despacio. Marquemos cada paso, como cuando fue el primero. Dejemos huella. Caminemos.

Caminemos con seguridad. Miremos a la derecha, pero también a la izquierda. ¿Quién nos acompaña? Caminemos.

Caminemos campo a través. Recordemos los colores. Juguemos a ser pequeños, aún más pequeños. Caminemos entre las rocas; que sean mundos en nuestro infinito espacio. Caminemos.

Caminemos entre la niebla. No nos ceguemos, miremos a su través. ¿Hay ruinas allá, al fondo? Reconstruyamos lo que es real. Caminemos.

Caminemos de la mano. No nos escondamos. Gritemos nuestros sueños; que los tergiverse algún malvado genio. Y riamos.

Pero caminemos.

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Vínculo

Hay experiencias que marcan y personas que dejan huella. La experiencia gatillo puede ser placentera o dolorosa, pero experiencia al fin y al cabo.

Puedes levantarte una mañana, con toda la neutralidad de un día cualquiera, y no reconocerte al anochecer. Puedes sentarte en silencio en la comodidad de tu habitación y descubrir que es menos silencio de lo que era. Todo porque alguien, totalmente ajeno a ti, te ha demostrado que estás lejos de conocerte tan bien como pensabas sólo con ver cómo caminas.

¿Qué sientes?

Y, a partir de ahí, los recuerdos son borrosos, pero intensos. Apenas cuatro palabras para detonar toda mi entereza y provocar tantas lágrimas, cuya causa aún desconozco, que hubieron de mantenerse aún varias horas después. Una cosa sí sentí, aunque sin poder explicar de dónde provenía: liberación y calma. Desconocía que había un bloqueo en mi mente, pero lo sentí marchar; se rompió.

Fue una experiencia de tal calibre que días después aún lo tengo muy presente, tan presente como al maestro que me dio aquél -no tan leve- empujón.

El vínculo es mayor de lo comprensible, pero tan real como nosotros mismos.

Sólo resta decir: gracias.

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La voz

Sabía que era una locura, que la viabilidad de ese estudio era nula, pero algo en mi interior me impedía parar y replantearme mi cordura.

Hace años, siendo aún estudiante, me aficioné de manera importante, casi patológica, al estudio de la mente. Por entonces  era joven e incrédula –como ahora, en realidad–, pero también era más intransigente y nada, absolutamente nada, existía si no podía demostrarse ante mí.

En un momento dado, curioseando por el gran mar de información que es Internet, encontré una página que, aunque aún yo no lo sabía, sería el detonante de esto que hoy escribo. No era más que un aficionado a la ciencia ficción o un personaje que vivía en sus carnes las fantasías de elfos mentalistas y dragones con tres cabezas, o eso pensé. La información que leí respondía al siguiente titular: “La esquizofrenia como un paso más en la evolución humana”. Entre datos poco precisos provenientes de fuentes poco fiables o, incluso, inexistentes, daba teorías conspiranoicas (no estoy siendo muy objetiva, pero es mi diario y lo redacto como quiero) acerca de cómo los médicos y la industria farmacéutica buscaban su propio beneficio a través de la abolición de la evolución humana, coartando la misma mediante el uso de medicación que inhibía aquellos rasgos propios de aquellos que habían trascendido, tachándolos de manifestaciones morbosas de una enfermedad mental –la esquizofrenia, en este caso–. En definitiva y dejando al margen los tecnicismos, que se habían convertido los rasgos distintivos de quienes habían evolucionado en “síntomas” para, de este modo, sacar un provecho.

Casi ofendida por  tal planteamiento, guardé la página para mostrársela a mis profesores, aquellos que me habían ya mostrado, al menos, los márgenes del poder de la mente.

El día que acudí a su despacho y les ilustré con la información que había recogido, nos fue imposible dejar de lado el tono burlón e irónico con el que habíamos comenzado a tratar el tema. Ellos, profesionales de este mundo, estudiosos del comportamiento y de la desadaptación a la realidad con la que nos obsequia la enfermedad mental, se mostraban, como era previsible, más que escépticos ante aquellas palabras.

Tiempo después comenzó mi dedicación a la investigación de este mundo. Empecé a trabajar con ellos; buscaba ser tan brillante como ellos. En ese momento era incapaz de comprender la verdadera trascendencia de mi decisión.

Los primeros pasos fueron tediosos. La búsqueda de información, la revisión bibliográfica, parecía no acabar nunca. Saber con qué palabras buscar y determinar la validez de la información que encontraba ocupaban casi todo mi tiempo. Aunque esto, si bien mi diario disfruta recogiendo información irrelevante, no es lo que quiero dejar a la posteridad. Lo realmente importante sucedió cuando todo este proceso se vio terminado; cuando comencé a entablar conversaciones, entrevistas, con los que serían origen y solución de todos mis problemas a partir de entonces: mis pacientes.

Las entrevistas no fueron tan… productivas como una mente recién iniciada, más que principiante,  imaginaba. Eran entrevistas complejas, lentas e incluso conflictivas. Tenía dudas sobre qué preguntar y, para complicar más las cosas, sobre cómo hacerlo. Por otro lado, las respuestas eran vagas, difusas, imprecisas, abstractas y, según mi criterio, totalmente al azar, incoherentes en grado sumo. No conseguía ningún tipo de información que tuviera verdadera validez o, como pude comprender más tarde –mucho más tarde, en realidad-,  no conseguía IDENTIFICAR tal información, aunque estaba, de alguna manera, obteniéndola.

Un día, puede que fruto de la frustración que por entonces comenzaba a apoderarse de mi ánimo o puede que por la falta de sueño que ese día atentaba contra mi entereza, lo que comenzó siendo una entrevista normal se convirtió en… en algo que no sabría definir. Desconozco aún si fue mi tono y mis formas, pero llamé la atención de una paciente.

Alba era una chica joven, muy joven a mi parecer, ingresada en el ala Este de Psiquiatría diagnosticada de un Síndrome Confusional Agudo, cuyos síntomas más llamativos eran las alucinaciones auditivas. Era, al contrario de lo que estaba acostumbrada, muy comunicativa (lo normal era lo que se denomina alogia, que es una restricción en la cantidad y contenido del lenguaje). Si bien había que desmembrar el mensaje –demasiada información y ciertamente desorganizada-, lo que me dejó estupefacta fue lo que, en un momento dado, ocurrió durante una de nuestras entrevistas.

A diario, llevaba una serie de preguntas que me servirían de guión a priori, aunque la entrevista siempre terminaba siendo personalizada; no era posible hacer entrevistas cerradas en ese mundo.

  • Yo: ¿Y podría decirme qué le dice con respecto a mi persona, por ejemplo?
  • Alba: Ya se lo ha dicho: que confía en usted.

La respuesta fue contundente. Aquellas palabras fueron la causa de que mi mundo se detuviese. Fuera de contexto podrían ser las palabras de cualquier persona que, a través de otra, me mostraba su confianza. La realidad era que yo estaba hablando con un paciente, que “la persona que confía en mí” es una voz que escucha en su mente y que esas mismas palabras habían provenido con anterioridad de otro paciente, el cual fue entrevistado apenas horas antes; pacientes sin ningún tipo de relación, en alas diferentes del hospital y en régimen cerrado. Lo que es lo mismo, dos personas que jamás habían estado en contacto.

– ¿Y podría decirme qué le dice con respecto a mí, por ejemplo?
– Dice que confía en usted.
– ¿Podría decirme por qué confía en mí?
– Porque usted nos entiende.

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EL RITO

Palabras que queman

Ricardo Carpani. "Amantes" Ricardo Carpani. “Amantes”

En noches así, en que la calma pende sobre la ciudad casi como una penitencia incumplida y el hondo silencio ha cercado nuestras vidas con su cotidianidad insalvable, me abrazo a su cuerpo, muy cerca, y le susurro al oído hermosas promesas, como entonces. Pronuncio las palabras con esa cadencia de deseo postergado y anhelante, con esa urgencia venida de la ineludible necesidad de la piel, inaguantable, y digo jamás, amor, por siempre, dulzura, locura, sólo tú, Dios… Y mientras me voy hundiendo en el ansiado placer alcanzado, me vuelvo sobre mí mismo y el silencio de la noche retorna con su manto de oscuridad, dejando sobre nuestros sudores el peso muerto de nuestras vidas ya olvidadas de sí mismas, y parece susurrar también, no palabras, una palabra, sólo una, como un eco que se repite hacia el infinito de aquel ritual inminente: mentira, mentira, mentira, mentira…

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EL OTRO BORGES

“Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pase de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con el infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.
No sé cuál de los dos escribe esta página.”

Jorge Luis Borges

Mentir por omisión

No solíamos visitar mucho a mis abuelos. Vivían lejos, lo suficiente como para que un fin de semana se quedara corto y la familia sintiera pereza (quién sabe si en algún momento sintió ganas) a la hora de hablar de visitas.

Desconocemos si la soledad o la enfermedad se llevó a mi abuelo. Aunque vi un mar de lamentaciones, en ningún momento llegué a comprender si eran reales o si, como una vez leí en un libro, representaban simplemente aquello que se esperaba de la familia del fallecido, al margen de la realidad. Yo también pensé que “un desconsuelo como ése sólo podía fingirse para ocultar otras vergüenzas mayores”, lo describió muy bien Gabo. Quizá la vergüenza del abandono en vida, la pérdida de un tiempo irrecuperable, remordimientos que dejan marcas de sal en la piel.

Por una razón o por otra, hicimos ese viaje. Mi abuela nos recibió con lágrimas en los ojos y una entereza que sólo se adquiere con la edad y, quizá, con la experiencia y no la esperanza como compañera.

Intercambiamos abrazos, algunas formalidades y respetamos un silencio no acordado. Realmente, nadie sabía muy bien qué decir.

Fue una reunión familiar de esas que jamás repetirías. Anécdotas forzadas, casi más que las sonrisas, y es que prácticamente no había recuerdos juntos. ¿Sólo los niños nos dábamos cuenta? Yo estaba más unida a los peluches de mi estantería, ya casi borrados sus colores por el sol, que las personas que estaban sentadas en torno a esa mesa.

Creo que mi abuela percibió mi desconcierto. Me sonrió y miró levemente a la puerta del salón. Nos levantamos al mismo tiempo. “Voy a enseñarle algunas reliquias de esta casa a la niña” -dijo, mientras salíamos, yo con una mano desconocida levemente apoyada en mi espalda.

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Faraway

Hay algo en el viento, algo que se pierde en la inmensidad, en la eternidad de un beso.

Un grito ahogado de auxilio. La cristalizada sal de una lágrima. El reflejo de un rostro contrariado en el espejo de la niebla. Una inspiración forzada antes del éxtasis del amor consumado. El vuelo de aquel avión de papel que se enreda en tu pelo. Una vuelta al hogar. Un grito al pasado, un paso adelante. El vuelo de una hoja. Las sombras del miedo. La distancia entre dos sueños. La luz de una estrella reflejada en tu pupila. Un acorde disonante. Un olor familiar que creíste olvidado. Las garras de las líneas escritas, el hilo rojo del Sino. Una sonrisa a ti mismo, o al infinito.

Hay algo en el viento. El universo en un beso.